Educación y Acción: Mujeres Negras en Movimiento

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Educación y Acción: Mujeres Negras en Movimiento

Por Marilyn Machado y Charo Mina Rojas
Activistas del Proceso de Comunidades Negras en Colombia PCN y participantes en la Movilización

“Nosotras las mujeres Negras estamos cansadas de ver como el Estado no hace nada por nosotras. Nosotras tenemos un río ovejas donde nuestros padres nos criaron en esa minería, pero ancestral, y han llegado las retroexcavadoras, la minería ilegal a querer acabar lo poco que nos queda”.

Una experiencia de construcción de conocimiento y acción política

Ellas llevan la vida en los ojos y lo negro en la sangre. Su amor por el territorio es solo descriptible por la forma en que lo han protegido por siglos, tan fuerte como su furia por defenderlo de la depredación criminal de la megaminería.

Las mujeres de Yolombó, una pequeña vereda de no mas de 30 familias y mil hectáreas de tierra, vio los días de batea y tranquilidad contados la mañana en que apareció una retroexcavadora amenazando con recabar las entrañas de su territorio en busca de oro. Los blancos recién llegados eran eso, recién llegados y ajenos a la tierra y su sentido de espacio vivo y vital para la vida, una vida en letras grandes, llena de contenidos culturales, espirituales, sociales, ambientales que solo ellas y su gente podrían comprender. Los días pasaban llenando de angustia los corazones de estas mujeres que pronto se tornaron en ira e indignación el día que descubrieron que un ajeno de esos había violado a una de sus hijas. Con esa rabia convocaron a otras mujeres de la región y caminaron por diez días hasta Bogotá para demandar reparación de los daños, claras y concientes que solo el gobierno era el responsable. Se nombraron la Movilización de Mujeres Afrodescendientes del Norte del Cauca por el cuidado de la vida en los territorios ancestrales.

Entre la pedagogía del oprimido y la filosofía de la liberación

El día que salieron a la calle tenían miedo, estaban horrorizadas por las noticias cotidianas sobre la represión a los indígenas de muchos días anteriores y esperaban lo peor. A pesar de no haber experimentado en carne propia la opresión del ser “subalterno”, eran concientes de su subalternidad y de las probabilidades de que su acción de ‘desobediencia” fuera recibida con violenta represión. Sin embargo, albergaban la esperanza de ser al menos consideradas por el hecho de ser mujeres y ser pacíficas.

Se reunieron rezaron oraciones y convocaron a sus ancestras y ancestros para que caminaran con ellas, las llenara de sabiduría y las sostuviera en la dignidad que las urgió a movilizarse en principio. Así se tomaron las calles, universidades, organizaciones y barrios llenas de dignidad y amor a la vida y los territorios ancestrales, o en otro sentido llenas de amor propio y agencia, buscando transformar una realidad amenazante, atropelladora y negadora.

Su consigna inicial lo definía todo: “por la defensa de la vida en los territorios ancestrales”. Vida y territorios ancestrales era las palabras que su acción iría descodificando poco a poco en sus mensajes camino a Bogotá, definiendo una visión de un mundo otro multidimensional, por fuera de las dicotomías de la lógica hegemónica, , conmoviendo a una sociedad que poco conoce y se interesa en la gente Negra.

“A muchas de nosotras nos ha tocado criar a nuestros hijos e hijas solas, la batea, el almocafre y la pala han sido testigos de ello, el territorio ha sido nuestro compañero y ha estado con nosotras en momentos de alegrías y tristezas. Nuestras abuelas como doña Paulina Balanta nos enseñaron que: “el territorio es la vida y la vida no tiene precio” “el territorio es la dignidad y esta no tiene precio”” (Comunicado de la Movilización).

Tenían unas voceras identificadas y su propio discurso, el que cada una llevaba en su corazón y que fue saliendo poco a poco a medida que conquistaban las calles, se enfrentaban al miedo a la represión y al temor de que sus caras se vieran en el televisor de los mineros que ellas denunciaban y que, al regresar, las estarían esperando llenos de amenazas. A su vez iban convocando e interpelando, conmoviendo otros seres subalternos que se acercaban a dar apoyo, agua, aplausos y reconocimiento. Un reconocimiento entre oprimidos y a su vez –muchos de ellos– opresores, unos otros que a pesar de todo era la primera vez que, confrontados, se permitían reconocer la dignidad de una mujer Negra.

Los medios masivos y alternativos empezaron a hacer presencia. Al principio eran tímidas y varias no querían ser entrevistadas porque “no sabían qué decir”. Se les sugirió “decir lo que saben”, “hablar desde el corazón”; “centrarse en el propósito”. Empezaron dos o tres, luego eran cinco, seis otras, respondiendo a los medios, hablando en las reuniones solidarias, contando su historia en los salones de las universidades, mirando a los ojos de los curiosos de la calles y con voz firme gritando:

“Quienes somos?
Mujeres Negras!
Qué queremos?
La defensa de la vida en nuestros territorios!”

Después de tres días cualquiera de las mujeres respondía a los medios, hablaba con el transeúnte y le explicaba qué estaban haciendo y por qué; erguía la cabeza, agitaba su pancarta y gritaba cada vez con más seguridad las consignas, afirmando el paso.

Aun cuando sin mucha preparación, la movilización no era del todo improvisada. Contaba con la experiencia de algunas de las acompañantes pertenecientes al Proceso de Comunidades Negras, un movimiento de base Afrodescendiente de carácter nacional que dio pautas y movió sus redes para propiciar la solidaridad que facilitó la logística de sus pasos por cada ciudad donde se detuvieron para visibilizar, sensibilizar y denunciar. Habían hecho antes de salir una reunión previa de preparación en la que se definió el propósito, la ruta y las consignas; se hacían conversaciones y cuidaban de la parte espiritual cada día al final de la jornada para retroalimentar y fortalecer. Tener esa base de respaldo fue crítico para poder avanzar. Encontrar un espacio donde dormir, un plato de comida caliente eran vitales, pero nada como el calor de la solidaridad que se fue alzando a su paso para darles fuerza y seguridad de que ya no había marcha atrás.

“La nueva pedagogía de los oprimidos tiene un poder político para que con conciencia social pueda enfrentar a la dominación opresora y buscar la transformación social y política de esa realidad.” (Ocampo, 2007:64)

Las consignas inicialmente como un canto medio roto por la inseguridad se fueron haciendo fuertes, contundentes y unas nuevas cobraban vida. Al lado de las consignas estaba una mirada crítica cada vez más elaborada de la gran injusticia que estaban sufriendo y seguirían sufriendo ellas y sus comunidades si dejaban que la minería criminal se asentara en su territorio con el mismo silencio y beneplácito institucional con que se había asentado en otros lados, manchando la tierra de sangre y el territorio de muerte.

Cada que las mujeres tenían que dar una declaración o contar su historia, pasaban por un ejercicio de descodificación de la realidad conocida para recrearla con nuevos sentidos, hechos, razones que iban saliendo a partir del intercambio de preguntas, comentarios y cuestionamientos del otro. Una especie de dialéctica para afinar el conocimiento y su representación en la palabra. Sus razones crecían y se hacían más fuertes, su formulación del derecho que las asistía era más concreto, más apropiado; sus demandas mas seguras. Era un proceso de descodificación y recodificación de la injusticia y de su acción para confrontarla. Y al mismo tiempo, un proceso de refiguración de su ser como mujeres Negras/Afrodescendientes y la realización de su empoderamiento, de la politización de su existencia y resistencia.

Cada día en la acción de la protesta, de la arenga, de la denuncia, del intercambio con otras experiencias de resistencia, se erigía un ejercicio pedagógico propio en el que cada vez se ganaba más capacidad, más conocimiento, mayor fuerza y empoderamiento. Las mujeres recreaban un discurso político sustentado en sus derechos como pueblo Afrodescendiente, formulado, recreado y apropiado desde la acción misma. La movilización fue un proceso educativo configurado a partir de su propio pensamiento y convicción; un pensamiento que sin embargo no es único y original porque se ha venido formulando por otras y otros a partir de sus propios procesos, pero que es auténtico en la medida en que proviene de la experiencia de vida y las acciones frente a las injusticias que previenen que la gente Negra/Afrodescendiente llegue a superar completamente el lugar de la subalternidad, del colonizado, del oprimido.

Su mensaje fue más allá de la denuncia de la minería y la demandas hacia el Estado- gobierno para detenerla. Se tomaban simbólicamente los espacios prohibidos, públicos, masculinos, políticos; espacios que antes no habían parecido ser para ellas. Su mensaje reafirmó la existencia de una persona Negra diferente a la que el sistema de la colonialidad ha insistido en representar como haragana, incapaz, cobarde y desposeída. Las mujeres hablaron de tierras que les pertenecen, de comunidades, familias, y culturas; hablaron de sus recursos, de su oro, de su autonomía violentada por la presencia opresora del foráneo, del blanco colonizador de ancestría esclavista. Exponían una filosofía de vida que revela una lógica contrahegemónica que estaba interpelando y cuestionando el sistema-mundo unidimensional, homocéntrico, eurocéntrico, patriarcal y racista que domina las lógicas y acciones de la Colombia no- negra.

Al caminar por las calles de la Colombia ajena al pedazo extraño que es el Norte del Cauca, traspasaron los límites simbólicos de la separación entre los colombianos de bien y los seres subalternos que ni siquiera se mencionan. En alta voz e ineludible presencia determinaron “aquí estamos”, “aquí somos” “no pueden invisibilizarnos”. Era una forma de desnudar su humanidad aprehendida, apropiada, frente a quienes las han deshumanizado. Es ese sentido era un acto de liberación, de descolonización.

Pero además eran mujeres, mujeres Negras. Su camino marcaba un hecho para escribir en la historia presente y futura del movimiento Negro. No eran feministas blancas burguesas, campesinas, mestizas, feministas Negras, sindicalistas o trabajadoras de algún oficio, mujeres reclamando derechos definidos por la modernidad liberal como individuales. No enmarcaban dentro de ninguno de los paradigmas que han definido a los movimientos sociales. Eran mujeres Afrodescendientes defendiendo sus derechos ancestrales, defendiendo la vida sagrada que solo puede ser completa en relación sus territorios ancestrales.

Por lo tanto, el camino emprendido por las mujeres fue un camino de liberación construido por ellas mismas. Una pedagogía basada en la conciencia de ser, una idea concreta de injusticia, un sentido común contrahegemónico, una experiencia vivencial histórica y presente que se iban esculpiendo en la conciencia de ochenta mujeres caminando por la vida, generando re- conocimiento, compromiso y decisión. Por eso no dudaron un segundo cuando en Bogotá, en medio de una conversación sorda con la Viceministra de la Participación, en el Ministerio del Interior, una dijo “aquí no va a pasar nada, de aquí no salimos hasta que nos escuchen” y el resto asintieron con firmeza y se quedaron. Se quedaron adentro, las que habían llegado aceptando la invitación vacía al diálogo, y se quedaron las que afuera se declaraban en asamblea permanente hasta que hubiese solución. Se tomaron el edificio por cuatro días a pesar de las amenazas de ser sacadas por la fuerza.

Las mujeres Afrodescendientes del Norte del Cauca por el cuidado de la Vida en los Territorios Ancestrales estaban haciendo lo impensable para las hegemonías del poder, estaban retando paradigmas.

Con su desobediencia desbordaban los términos de una racionalidad en código masculino “objetivo” que ha definido lo político como ajeno a la “subjetividad” de las mujeres, proponiendo una racionalidad que balancea lo afectivo, lo material, lo espiritual. Interpelaron las nociones dominantes sobre construcción de pensamiento, conocimiento, organización y acción política. Su acción difundió un conocimiento callado por el miedo, la ignorancia, la avaricia y el racismo: dejaron claro que la política minera es un cáncer para la gente Negra Afrodescendiente y sus territorios; que hay una diferencia entre tierra como recurso y territorio como espacio vital para la vida; que no hay un solo mundo, hay mundos y, como el pueblo Indígena, la gente Negra Afrodescendiente también tiene una cosmovisión muy propia de sus mundos que implica respeto, protección, sostenibilidad y coherencia entre ser, tener, estar y hacer, entre ser, espacio y tiempo, entre individual y colectivo.

Como una noción del “buen sentido” al decir de Gramsci, del obrar de una manera conciente con pasión sin el impulso violento, la marcha de las mujeres, como la toma del edificio del Ministerio del Interior, fue pacífica. Su dignidad caminando por las calles movió seres que han pasado indiferentes frente a la serie de ignominias que han cruzado la historia de la gente Negra en Colombia. Quienes las vieron caminar y arengar por sus calles recordaran seguramente siempre que, mujeres Negras con la dignidad Afrodescendiente en sus voces y sus pasos, pasaron dejando huella en la memoria colectiva. Minería, gente Negra, Afrodescendencia y la gran injusticia social y racial de la historia de Colombia, no podrán continuar pasando desapercibidas para muchos en esos lugares.

Descolonización y educación en movimiento

“Lo que constituí a el problema era la distribución de las fuerzas, su organización, el momento de su entrada en acción. Esta violencia del ambiente no modifica sólo a los colonizados, sino igualmente a los colonialistas que toman conciencia de múltiples Dien- Bien-Phu

[lugar donde sostuvo victorioso la Resistencia el pueblo vietnamita]. Por eso un verdadero pánico ordenado va a apoderarse de los gobiernos colonialistas. Su propósito es tomar la delantera, inclinar hacia la derecha los movimientos de liberación, desarmar al pueblo: descolonicemos rápidamente.” (Fanon, 1961:34).

Frente a la toma de las instalaciones del Ministerio del Interior, la Ministra “entra en el pánico del colonialista” que menciona Fanon. Primero acude a la amenaza de represión pero se ve confrontada por una fuerte red de solidaridad nacional e internacional observante y lista a mostrar que una mujer negra, en medio de días de discursos y celebraciones en contra de la violencia hacia las mujeres, amenaza con violencia represiva a un grupo de mujeres Negras. Así opta por “tomar la delantera” y cede a negociaciones bajo la presión de la toma, y finalmente a firmar un pliego de acuerdos que, como buena representación colonizada/colonizadora no tendrá ninguna voluntad de cumplir. Los acuerdos representan en cierta forma una suerte de “descolonización” por parte del colonizador (en los términos que Fanon), una acción de “retirada” que sin embargo no tiene intenciones reales de ceder en la dominación y su ejercicio de poder. El estado- gobierno conoce bien su juego e inicia el juego de “los bailes populares” (como lo llama Fanon), una serie de conversaciones, reuniones, concertaciones y eventos burocráticos que nunca llevaran a la concreción de vías para el cumplimiento de los acuerdos.

Por su lado las mujeres descolonizan de otra forma.

El lugar de concertación con el gobierno era una torre de Babel. El lenguaje burocrático institucional representaba todas las formas de opresión que el sistema-mundo de la modernidad/colonialidad ha construido para mantener a la gente Negra –y a las mujeres Negras– en un lugar de opresión. La confrontación del lenguaje que representan las instituciones del Estado- gobierno, frente al lenguaje del Estado-sociedad representado en las mujeres, puso para éstas en evidencia las grandes contradicciones entre su filosofía de vida y cosmovisión con un sentido colectivo y el sentido doctrinario marcado por los intereses capitalistas del estado-gobierno. Dos cosmovisiones de mundos que no se concilian.

En la concertación con el gobierno, las mujeres tenían varias limitaciones. Por una parte, se enfrentaban desde su condición “sencilla” de mujeres rurales, con poco nivel educativo académico, muchas poco acostumbradas a arrogantes ejercicios intelectuales de largas discusiones temáticas y conceptuales, y por otro se enfrentaban a una práctica que ellas desconocían: la del juego malicioso, tramposo del negocio de intereses al que los burócratas pequeño burgueses del estado-gobierno (negros y no-negros) están muy bien acostumbrados y entrenados.

Sin embargo en ellas se imponía la fuerza de su verdad y convicción de saber exactamente qué querían. Por eso la falta de experiencia no era sinónimo de poca claridad política, su escuela de diez días y la experiencia de vida que estaba adquiriendo conciencia política, era suficiente para contrarrestar los discursos y evasivas del gobierno y salir con un pliego de acuerdos que recogían los puntos centrales de sus demandas.

Así, la movilización se constituyó en sí misma en una escuela para las mujeres, en relación con sus realidades y con una significativa construcción de sentido hacia fuera, hacia la comunidad. En términos de Gramsci, podría decirse que las mujeres abordaron un proceso de transición entre un sentido común de carácter popular cuestionador y crítico de la realidad generada por la presencia de la minería ilegal en sus territorios y la responsabilidad del Estado- gobierno como generador y responsable de esta situación, hacia una filosofía de la praxis que implica una “concepción superior de la vida” y una correspondencia entre pensamiento y práctica, filosofía y política.

La toma del Ministerio, las discusiones con el gobierno, las respuestas de solidaridad, los intentos de represión fueron todos escenarios generados a partir de la maduración del pensamiento de las mujeres de una posición de sentido común a una noción filosófica y política de vida, la vida que quieren, la vida que defienden y que llenó de sentido concreto, tangible, evidente para la comprensión de los otros su eslogan de “el territorio es la vida y la vida no se vende se ama y se defiende”. Hasta el gobierno entendió desde el sentipensamiento de las mujeres Afrodescendientes del Norte del Cauca, el sentido y poder de su acción y sintió su poder amenazado, si bien aún sabe que está soportado por una estructura que difícilmente estas mujeres habrían podido cambiar en el momento por sí solas.

El hecho de que hayan acuerdos que no avanzan en su ejecución deja planteado un problema que todavía le queda a las mujeres del Norte del Cauca y al movimiento Negro. El acercamiento a una filosofía de la praxis desde la experiencia Negra/Afrodescendiente necesita ser comunicada, difundida, conversada internamente para que adquiera el nivel conciente que trasciende del pensamiento a la acción organizada, y necesita avanzar en el refinamiento teórico y político del pensamiento Negro/Afrodescendiente que pueda continuar confrontado de manera más eficaz la ideología dominante, sus representantes y defensores.

“Considerar al movimiento social como principio educativo supone desbordar el rol tradicional de la escuela y del docente: deja de haber un espacio especializado en la educación y una persona encargada de la misma; todos los espacios y todas las acciones, y todas las personas,
son espacio-tiempos y sujetos pedagógicos.” (Zibechi, 2005:3)

Para quienes quieran verlo, la movilización de las mujeres Afrodescendientes del Norte del Cauca fue un ejercicio pedagógico que desde la opresión, mostró cómo se puede construir en la acción conciencia del ser y un ser “nuevo”, un empoderado que a través de su
agencia construye poder político.

Sin embargo, alerta Zibechi, “que el movimiento social se convierta en un sujeto educativo, y que por tanto todos sus espacios, acciones y reflexiones tengan una “intencionalidad pedagógica”, me parece un cambio revolucionario respecto a cómo entender la educación, y también a la forma de entender el movimiento social.”(p.3).

La movilización como proceso de construcción de poder político desde las mujeres, y el PCN como proceso acompañante de formación política para la acción transformadora, tienen ese reto.

REFERENCIAS

Botero, P. (2011b). La construcción del conocimiento social. Maestría en Educación desde la Diversidad. CEDUM: Universidad de Manizales. Recuperado de http://cedum.umanizales.edu.co/virtual2/course/view.php?id=1278
Dorado, M. (2011). Los hormigueros. Tejido de Comunicación para la verdad y la vida. Prácticas comunitarias para optar por el título de comunicador/a de la palabra y para construir otro mundo possible y necesario. Recuperado de http://cedum.umanizales.edu.co/contenidos/mae_diversidad_new/construccion_pasto_ch16/criteriosconceptuales/lecturasrequeridas/pdf/Los_hormigueros.pdf
Fanon, F. (1961). Los Condenados de la Tierra. Fondo de Cultura Económica. México, D.F. Séptima Edición. 1983. Pp. 161. Gramsci, A. (1970). Introducción a la filosofía de la praxis. Recuperado de http://marxismocritico.com/2011/11/19/introduccion-a-la-filosofia-de-la-praxis/.
Ocampo López, J. (2008). Paulo Freire y la pedagogía del oprimido. Recuperado en http://www.redalyc.org/pdf/869/86901005.pdf
Zibechi, R. (2005). La educación en los movimientos sociales. Recuperado de http://bibliotecadigital.conevyt.org.mx/colecciones/documentos/Catedra_Andres_Bello/Agosto%202007/Lecturas/Zibechi.pdf
2017-03-18T18:10:56+00:00 enero 13th, 2016|Comunicados|0 Comments

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